CRÓNICAS CABRÓNICAS CERTEZAS

lunes 11 de mayo de 2009

“¡Que se vaya, carajo!”




Para Emilio, para recordarle que su salto al abismo
valió la pena, porque hoy vivimos en democracia.

A las 6 de la mañana del lunes 11 de mayo de 1981 sonó el teléfono. En La Paz habían apresado al Gral. Alberto Natusch Bush, sospechoso de conspirar contra la dictadura de Luis García Meza que había comenzado a perseguir, apresar y posiblemente intentar asesinar a sus propios camaradas.

Esa fue la gota que colmó el vaso de una lealtad no sólo malentendida sino intencionalmente confundida con complicidad. Porque García Meza y los suyos habían hecho del país su hacienda privada, del Estado su cuenta corriente, del gobierno su instrumento de abuso y de las Fuerzas Armadas su pretexto: licencias para el crimen, el festín, el narcotráfico y la corrupción.

Pero la dictadura se equivocó. Creyó que sus camaradas le temían. Cierto. Pero no todos. Esa mañana de mayo de 1981, a menos de un año de haber iniciado su gobierno, 12 militares al mando del Tcnl. Emilio Lanza, acabaron con el sueño del dictador que había deseado 20 años de poder. Armados de valor, se jugaron todo, apostaron incondicionalmente contra el dictador y le dijeron: ¡Que se vaya carajo!

Cuando tienes 13 años, la política te importa un bledo. Pero cuando te toca, no puedes ser indiferente. A esa edad y aquella mañana, desperté con el ring, ring, del teléfono analógico. Por aquellos años y en esa plazuelita donde vivíamos en Cochabamba, escuchar el teléfono a esa hora, te arrebataba el corazón. Recuerdo a mi mamá preparando el “sleeping” de mi papá, como tantas veces antes, cuando el acuartelamiento era para los militares casi una costumbre. Esta vez no era el caso. Era una previsión de aquél que sabe que la guerra está por suceder. Aquella mañana él salió no sólo apurado. Tenía una cita con la historia.

“Nos dirigimos al salón del fondo donde sabíamos que estaban todos reunidos. Yo, que estaba a la cabeza, entré por la puerta posterior, por lo que el auditorio no pudo vernos pero sí quienes estaban en la testera: García Meza, Tudela, Rico Toro, el Cnl. Rómulo Mercado, Prefecto de Cochabamba y el Cnl. Guillermo Vélez, Comandante de la Escuela de Armas.
Cuando ingresamos hablaba el Dr. Alberto Quiroga, embajador en Washington, intentando convencer de que el gobierno norteamericano reconocía al gobierno nacional, momento en que mi presencia y la de mis oficiales interrumpió al orador. Entonces, García Meza, dirigiéndose a mí en tono inquisidor, dijo: ‘¿Qué quiere Lanza?’. Yo estaba tremendamente exaltado y la adrenalina había recorrido mi cuerpo mil veces. Mi respuesta fue inmediata y enérgica: ‘¡Que se vaya, carajo!’”.

El muro de la dictadura se había quebrado. El dictador tenía los días contados.

Así comencé el relato del libro que publiqué catorce años más tarde: Mayo y después. Los últimos días de la dictadura. El título nunca le gustó mucho. Sobre todo la primera parte. Demasiada poesía para tanta urgencia. Parimos juntos, sin saber el género, una crónica testimonial nacida de una larguísima entrevista que le hice poco después del apresamiento de Luis García Meza en el Brasil. Nunca pensamos, ni él ni yo, que esa entrevista fuese tan oportuna. Porque la vendetta no se hizo esperar. Cuatro días después mi padre estaba en el Gran Cuartel de Miraflores esperando ser trasladado a Camiri. Los hilos que el garcíamecismo había dejado le inventaron un juicio absurdo que lo llevó seis meses a prisión. Esa sombra, siempre pensé, lo acompañó a lo largo de toda su carrera luego de aquella mañana de mayo de 1981 en el salón de honor de la Escuela de Armas de Cochabamba.

El 11 de marzo de 1994 detuvieron al Gral. Luis García Meza en Sao Paulo, Brasil. Había fugado cinco años atrás, escapando del juicio que se seguía en su contra y que finalmente acabó condenándolo a 30 años de prisión. Como periodista, me pareció oportuno entrevistar al protagonista de los dos levantamientos militares del año 1981 en Cochabamba que iniciaron la caída del dictador. Emilio, mi padre, aceptó sin temor aunque cuidando algunos nombres.

Fueron dos los alzamientos de esos 12 militares, liderados por el entonces Tcnl. Emilio Lanza, que se enfrentaron a la trinidad garcíamecista (Capitán General, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y Comandante del Ejército) sostenida por el poder de las armas y la mafia del narcotráfico. Un poder de cuya dimensión estos rebeldes no fueron plenamente conscientes, sino ya en plena revuelta y cuando no había vuelta atrás. Tal vez por ello su osadía, pues supusieron que la ética podría más.

“Y es que fue el talante delincuencial de la Junta de Comandantes el que consolidó su aislamiento total y su posterior debacle. Estamos, una vez más, ante la influencia circunstancial, pero determinante, de las acciones individuales en el paso de la historia. Los festines del garcíamecismo fueron el toque subjetivo que aceleró la llegada de su fin. El coraje de los sublevados de mayo hizo de contraparte personal”,

escribió Rafael Archondo, rescatando ese pedazo de historia pequeñita, soslayada por la historia oficial.

El 25 de mayo de 1981 fue el segundo alzamiento militar contra el dictador. Y aunque ambos se registraron como intentos fallidos, no me queda la menor duda de que fueron estos hechos los que derrocaron al régimen dictatorial. Lo que vino después fue sólo el empujón final.

Han pasado 23 años y mi viejo está canoso. Pero yo estoy aquí para guardar un trocito de memoria de lucha por nuestra democracia. Para recordar, mientras pueda, lo mucho que nos ha costado. Para que las armas, los muertos, las cárceles y las lágrimas de tantos de nosotros, hayan valido la pena. Y para que, precisamente por eso, seamos capaces de desafiar al destino y apropiarnos, sin traumas, de los instrumentos de esta democracia que –carajo...– nos duele tanto. Para conquistarla y amarla de una vez, con el apasionamiento de la palabra, nunca la bala, nunca la piedra, nunca el golpe. Nunca más.


Mi papá muríó el 15 de marzo del año 2007, un año después de haber publicado este texto. Pero yo estoy aquí, una vez más, intentando preservar ese trocito de historia diminuta que sin embargo cambió nuestra Historia.

domingo 3 de mayo de 2009

Postales contrabandistas


Cuando tenía 10 años viajaba a la frontera con Argentina desde Tupiza como gran cosa. Debió haber sido como ir de paseo un domingo muy largo. De aquellos años recuerdo los alfajores de chocolate y chocolate blanco que comprábamos en caja de cartón, como gran cosa. También recuerdo un juego de dormitorio que está en uso hasta hoy, 30 años después. Gran cosa. Vuelvo a esa frontera para mirar extasiada esta postal.



De Pando a Villazón sin demasiado aspaviento. Tengo en la retina la fotografía de aquellas decenas de cuerpos casi asexuados que cargan un quintal de harina sobre sus espaldas casi setenta veces durante el día, ida y vuelta por el puente que separa (o une) Bolivia de Argentina en la frontera entre Villazón y La Quiaca. Coca en la boca y en la mano una bolsa para amarrar la carga, corren desde el lado boliviano sesenta metros levantando polvo, apurados porque la competencia es demasiada. Casi al mismo paso, cien kilos encima, regresan con la harina argentina. Dejan la carga y otra vez, setenta veces si les da el cuero.



Es un puente angosto y alambrado. Un carril de ida y otro de vuelta. La gente que va y viene parece ganado, tengo la impresión de que entran en trance. A su lado, diez metros abajo y a la derecha, está el puente formal. Ese donde hay una tranca y gendarmes argentinos en un pedestal desde donde miran con desprecio a los “bolitas”. Probamos ambas rutas. Si eres boludo y no te queda otra vas por abajo. Si te avivas pasas junto con los cargadores de harina y nadie dice nada. Total, todos son iguales, dirán los rubios gendarmes y continuarán distraídos fumando un pucho. Y si tienes un montón de mercadería y no tienes dinero para vainas aduaneras y coimas burocráticas, te vas por el mismo río, más arriba, de Bolivia a la Argentina, jugándote el pellejo. Y qué. La necesidad tiene cara de hereje.


Esta es una puesta en escena. Dos puentes lado a lado, uno para la foto oficial y el otro para el contrabando legitimado. Aparte está el río para justificar el laburo policial que persigue contrabandistas. Casi un entretenimiento porque sino este asunto sería muy aburrido. El otro día, los “bolitas” contrabandistas volcaron el auto de los gendarmes argentinos que son abusivos pero son pocos. Es más, cuando los “bolitas” quieren, aparecen como jauría en bicicletas, decenas, y hacen corretear a los gendarmes. Esto sólo rompe la rutina.

Porque la vía permitida es a la inversa: de Argentina hacia Bolivia y no al revés. Porque de lo que se trata es de poner vigilancia en el lado argentino para que los “bolitas” no ingresen mercadería sin pagar impuestos. En cambio, esos mismos gendarmes cuidan que la mercadería argentina (harina) que ingresa a Bolivia pase tranquila. Qué tal. Los avala algún brillante acuerdo entre estos aparapitas bolivianos -llamados “pilotos” necesitados de los 2,50 bolivianos que se les paga por quintal transportado a lomo- con alguna otra mente brillante del gobierno nacional que genera empleos. Qué buen negocio para el gobierno argentino y para algún bolsillo boliviano. Mientras tanto, la policía nacional, cuya caseta queda a 50 metros del puente del contrabando… está allí. Y la verdad, no sé lo que hace porque ni la vi.

El contraste es abismal. Cruzas el puente hacia Argentina y te lanzan los perros. En el lado boliviano, no hay perro que te ladre. Villazón es una especie de zona franca donde transas en pesos argentinos. Ninguna novedad aunque no deja de sorprenderme. En las fronteras del país, el contrabando es parte de la vida cotidiana. Es parte fundamental de la economía local y nadie se rasga las vestiduras. Ese es sólo un gesto dramático para el show mediático de vez en cuando. Es una farsa. Porque entre nos, qué sería de los gobiernos sin la corruptela del contrabando… Me compro unos rayban de a luca y sigo viajando. Quién carajos dijo que el surrealismo es ficción.

Fotos: Henry Mendoza Doria Medina

viernes 24 de abril de 2009

Bodas de Rubí





Doña Cristina Monasterios de Aduviri se presenta así, enfatizando ambos apellidos. Y como la pregunta reiterada es cómo conoció a su marido (cuando en verdad quiero preguntarle cómo, cuándo y por qué el destino los juntó como dos piezas de una máquina de hacer dinero), ella repite, presumiendo, que pronto cumplirá 40 años de matrimonio. Y cumplió.
El domingo de resurrección, en la iglesia del señor del Gran Poder, la pareja Aduviri Monasterios, 4 veces pasante de la festividad del mismo nombre, celebró sus Bodas de Rubí. Envueltos en una cadena de oro de 2 metros renovaron sus votos con la bendición del cura español que los miraba con admiración. Hoy en día los matrimonios son desechables. Pasada la ceremonia religiosa el matrimonio recibió los abrazos de parientes, amigos y vecinos de la zona en la puerta de la iglesia, con mistura blanca, morenada y banda que pasaba por ahí. Al frente los esperaba una camioneta roja doble cabina, modelo 2009, demasiado grande para el ancho de la calle, lista para llevarlos a dar un paseo por la ciudad. Recorrieron plazuelas, cruzaron el puente de Las Américas, se tomaron fotos y acabaron comiendo fricasé. A las cuatro de la tarde finalmente aparecieron en salón Capitolio de la populosa zona de San Pedro, detrás del mercado Rodríguez. Sus 5 hijos organizaron una fiesta sorpresa con 300 invitados. El regalo vendrá después: un viaje por Europa.
Doña Cristina nació en La Paz y es comerciante-propietaria de la galería Gran Poder, experta en tecnología japonesa de televisores y DVD´s. Su esposo viene de una comunidad del altiplano, fue músico conocido y hoy administra galpones y una gasolinera en El Alto. Todos sus hijos son profesionales, uno con maestría. Doña Cris puso a sus hijos en el colegio Don Bosco y qué. Fue la única mamá de pollera, tesorera de la promoción. Sus hijas ya no usan pollera. Johny, como en "Chuquiago" (la película), es el hijo mayor, también pasante y ahora presidente de la fraternidad. Su esposa es abogada, su hermana también. De modo que la fiesta reunió a sus compañeros de trabajo, de terno y corbata. Un collage de rostros paceños de norte -clase media naranja- a sur - jailones acholados- y de este a oeste -los cholos de verdad-. Todos cumplieron el ritual del ingreso al salón con varias cajas de cerveza, cocteles y mistura, con la sobriedad japonesa de la cultura aymara que con la cumbia y el reaggetón pierde la gala, pero inicia así el baile de la entre-culturalidad. Estoy invitada y vivo en la zona sur donde a la vuelta de la fiesta, con mis segundas derramo misturas en el pasillo de mi edificio con pedigrí, celebrando la certeza de este ch’enko total.

jueves 2 de abril de 2009

Fut-bolero




Nunca fui fanática del fútbol pero en la década del 90, entre Argentina y Brasil, me gustaban los brasileños. Seguramente pensaba en sus telenovelas, en la playa, en Jorge Amado y Caetano Veloso. Es más, recuerdo haber llorado alguna derrota brasileña ante los gauchos que festejaban como insultando. Poco después cambié de bando. Todas mis razones son ciertamente extra futbolísticas y melodramáticas.
La primera fue una cuestión digamos de identidad y de identificación con los débiles del mundo. Qué tal. En 1990 se jugó en Italia la final de la copa mundial. Argentina se enfrentaba a Alemania. Ningún escéptico del planeta escapaba a una batalla tal. Menos yo. Porque como suele suceder con los apasionamientos, se trataba de una pulseta entre latinoamericanos tercermundistas y europeos top miembros del G-7. Bueno, esa era mi telenovela personal. Ganó Alemania. Y en La Paz festejaron la victoria germana los changos del colegio alemán, sus amigos y los anti argentinos. El efecto fue inmediato. Desde entonces voy por Argentina sin dejar de disfrutar la música brasileña de Veloso o Andriana Calcanhoto.
Porque a partir de entonces comencé a mirar cómo los gauchos daban la cara por este pinche continente con demasiada frecuencia (no sólo en el fútbol). Y su afamada antipatía se fue relativizando. Porque para enfrentar a Goliat, además de portar un buen par de cojones, tenés que agrandarte y hablarle de tú a tú. Entonces comprendí también que la arrogancia argentina pasaba precisamente por un complejo. Mi teoría se ratificó cuando durante un año viví con una salteña, digo, argentina de la provincia de Salta, al norte de la capital, Buenos Aires, el hoyo del queque porteño porque se parece a Europa. Es más, mi amiga salteña sufría el doble complejo del 60% de los argentinos que no viven en la capital: no sólo no era europea sino que al ser “del interior”, no era siquiera completamente argentina.
Otros años más tarde, mi teoría del complejo también se relativizó. Porque nadie tiene así nomás a Gardel, Borges, Cortázar, Roberto Arlt, Mario Bunge, Ernesto Laclau, Enrique Dussel, Beatriz Sarlo, Eloy Martínez, García Canclini, Charly García, Fito Páez o Les Luthiers. Bastó con mirar un poco al periodista Jorge Lanata en la tv, o escuchar al ciudadano argentino de a pie, y comprobar con datos que Argentina, junto con Uruguay (que es lo mismo) tienen la más alta calidad educativa en América Latina. Entonces puse a Tinelli y Maradona en otra categoría: la del espectáculo mediático. Ese escenario idolatrero necesario para asegurar la grandeza del país de Perón pero también la distancia del complejo tercermundista. Pero otorgué a Maradona, apenada y tolerante, la responsabilidad de cargar sobre sus espaldas a la Argentina provinciana (60% no es poco país) necesitada de ídolos que los distancien años luz de este continente. ¡Ídolo¡
El año pasado leí ese extraordinario libro de Martín Caparrós, “El interior”, y no sólo compartí mi teoría sino que supe en su relato cuánto de Bolivia hay en Argentina. Cuánto pudo ese país reducirse a Buenos Aires. Finalmente, hace un par de meses estuve en la frontera Villazón – La Quiaca para comprobar yo misma el maltrato hacia los bolitas, menospreciados a causa del complejo. Pensé en Caparrós, disculpando a sus paisanos. Hoy agradezco a Maradona la derrota frente a Bolivia. Nos regaló 6 alegrías y se develó mortal. Mi opción por Argentina no cambia. Mañana saldrá de nuevo a dar la cara por nosotros, latinoamericanos. Y si pierde volveré a llorar mi novela fut-bolera.

lunes 16 de marzo de 2009

La Barbarella


No es fácil amar a este país. Digo, amarlo en serio. Porque la fotografía de postal es otra cosa. Y el enamoramiento a la moda del etnocentrismo presidencial también. Para amar Bolivia hay que palparla como hacen los ciegos con la superficie rugosa.
No he viajado todo lo que quisiera pero creo que suficiente como para sentir que vivo este país milímetro a milímetro y gota a gota. Será porque mi padre me enseñó a conocerlo desde niña y para eso no sólo vivimos en varios sitios sino que viajamos de rincón en rincón en una camioneta americana roja, vieja, gorda y techada con carpa de plástico negro. Eso sí, coqueta. Muy a su estilo, mi viejo la llamó “Barbarella”. Cuánta tierra comí montada sobre el colchón que mi papá puso en esa carrocería para aliviar el traqueteo. Cuántos ríos crucé con el agua hasta la cintura misma de la voluminosa Barbarella. Años después me contaron que alguna vez las aguas del turbión estuvieron a punto de arrastrarnos y yo, que tenía como diez años, sólo recuerdo el susto.
Pocos años después, yo con 14 y mi hermano con 15 años, viajamos solos al Brasil. Supongo que la idea de mi viejo era que debíamos aprender. Así es que solos, librados a nuestra suerte, sin mayores indicaciones que un par de números telefónicos en Belo Horizonte, atravesamos el país de este a oeste en flota y tren y bus y tren y así…
Otros tantos años más tarde, algunos viajes ya en soledad me llevarían por otros rumbos.
Ahora, casi 30 años después, desandé las rutas del sur de la vieja Barbarella. Fue como mirar un viejo álbum familiar. Qué maravilla y qué nostalgia. Uno es de donde quiere y este tiempo me he sentido de tantos lugares. En todo caso, una parte de mi corazón está, sin duda, en Tupiza. Amo este país tan inmensamente rico, tan cabrónicamente miserable, tan intensamente vivo.
Pero este recorrido comenzó por el norte. Tuve la suerte de hacerlo en parte en avioneta. Desde el aire, la Amazonía es simplemente maravillosa y todas las canciones que la cantan son ciertas, incluida esa que dice que cuando dios hizo el paraíso pensó en América.


La noche más oscura del mundo





Lo último que recuerdo es la tele en portugués. Habíamos cenado la carne de una vaquilla tiernita (que allí llaman “mamona”) sacrificada especialmente aquella tarde para esperarnos. Fue un churrasco nocturno bajo el árbol grande que escolta la casa blanca por la derecha. Aparecieron los mosquitos y acabamos todos adentro, alrededor de una mesa grande, frente al televisor vetusto sintonizado en la telenovela brasileña de la red O Globo. Un verdadero lujo sólo posible gracias a una antena que desde el patio apunta al noreste y a un motor de luz que se enciende según la necesidad, normalmente por la noche para ver la telenovela. El resto es campo y monte sinfín. Por eso, cuando se apaga el motor y se va la luz, lo único que queda es la noche en estado puro, inmensa y oscura como la boca del lobo.

Abrí los ojos y parpadeé una y otra vez. No veía nada. Nada. Nada. Es como estar bajo la tierra, o en medio del espacio infinito, o flotando en un agujero negro. Qué extraño porque no estás muerto, respiras y el aire es puro, y la sensación es maravillosa. Porque sólo entonces te das cuenta que estás en medio de la nada. Que eres un microscópico ser en medio del universo infinito.

Supongo que es por el contraste. Del verde más intenso al negro absoluto. Porque a la estancia de don Humberto sólo es posible llegar por aire si puedes, por río en canoa luego de un día y medio de viaje y luego a pie, o por tierra alguna vez si el camino te permite en época seca. Nosotros, que filmamos un documental, lo hicimos por aire. Y desde allí la Amazonía es impactante porque la sensación de inmensidad es inevitable. Miras abajo y piensas cuán grande es este país, cuán deshabitado y cuán olvidado. Desde el aire, esta parte del mundo es monte verde por donde mires y sin parar, kilómetros de kilómetros . Allí abajo no cabe ni una hoja más al lado de la otra. Están todas las hojas del mundo.


Allí abajo vive este señor de ochenta y tantos años, delgado y ágil, que habitualmente calza un par de botas de goma y otro par de lentes como culo de botella. Don Humberto Coelho no para de hablar. Tiene mucho trabajo porque cada día inventa los modos de vivir con agua potable, de llevar diesel hasta ese lugar perdido del mapa para alimentar el motor que un día compró para tener luz por las noches y mirar la telenovela. De hecho, me gusta imaginar que el día en que le instalaron la antena parabólica apuntando al Brasil fue por puro desdén. Y él, Coelho como el resto de sus antepasados, ni siquiera reparó en que veía la tele en portugués porque su abuelo hablaba igual.




Hijo de migrantes portugueses que trabajaron la tierra y parieron hijos y nietos benianos, don Humberto vive hoy sus últimos años dejando a los suyos la cría de ganado como modo de subsistencia tradicional de esa cultura particular, pero que los intereses políticos criminalizaron, metiendo a todos en el mismo saco.
Corruptelas políticas aparte, cuando uno mira la inmensidad del territorio amazónico boliviano desde el aire (y la historia reciente) piensa por qué habiendo tanto campo, aquél que no tiene desea justamente el pedazo de tierra que ya está trabajado y que a tantos Humbertos costó cien años de soledad.
Por eso don Humberto, que no votó en el último referéndum porque desde el fin del mundo las ánforas quedan muy lejos y la tele es en portugués, no sólo no entiende lo que manda la Nueva Constitución, sino que en la inmensidad de la Amazonía donde la presencia del Estado fue siempre nula, él cree, siguiendo su memoria de niño que ignora las dimensiones del tiempo y el espacio, que allí no llegará nadie a quitarle nada. Sus hijos le advierten con pena. Don Humberto suspira y desde el fondo de sus anteojos de tres centímetros de espesor mira al otro lado del río la estancia que un día su padre bautizó como “Viva Bolivia”. José Arcadio Buendía ni siquiera sospecha que Macondo está en el ojo de la tormenta.

jueves 4 de diciembre de 2008

El rebautismo materno

Porque no es lo mismo decir "presidente Morales" que decir "presidente Mamani"



Mi nombre es Cecilia Lanza Lobo. Pero si aplicase la Constitución Política Feminista de Mujeres Creando en relación a la reivindicación de la maternidad (las mujeres sujetos de maternidad, no objetos de reproducción) por vía de la filiación materna, digo, que los hijos (hombres y mujeres) lleven primero el apellido de la madre, mi nombre sería Cecilia Ferrufino Béjar, imaginando, claro, que mis padres llevasen también el apellido de sus respectivas madres y abuelas. Intente usted ese ejercicio. Yo, mientras tanto, pensaré qué sería de este mundo nombrado en femenino.

El argumento es tan simple como esto. Alega María (Galindo) Neder, que la sociedad reconoce, valora y protege la reproducción así como la idea de que la maternidad da sentido a la vida de las mujeres y, al mismo tiempo, “subordina la maternidad a la existencia de un padre que le dé legitimidad”. Mientras las mujeres dan la vida –dice- los hombres tienen el poder de otorgar a esos hijos el lugar social que la cultura les asigna a través del apellido. Recuperar la maternidad es un tema cultural pero “pasa también por el hecho jurídico del apellido paterno que en nuestra sociedad es el primeo, es el que cuenta y es, al mismo tiempo, el mecanismo de reconocimiento o desconocimiento que tiene cada hombre respecto de los hijos y las hijas (…). Este hecho también tendría consecuencias en toda la jurisprudencia de familia en cuanto a lo que se llama la patria-potestad que es un concepto de autoridad patriarcal sobre los hijos y las hijas”. (http://www.mujerescreando.org/)

Clarísimo. Y nada nuevo. De hecho, Cristina Fernández en Argentina, a través de la “Ley del nombre”, propuso lo mismo: incluir el apellido materno antes que el paterno en un país –único en América Latina- en el que sólo se considera un apellido, el paterno (siempre fueron sólo Borges, Ché Guevara, Eva Duarte, luego Perón, Julio Cortázar, Diego Maradona). En Brasil, como en Portugal y otras culturas, los niños llevan primero el apellido de la madre.

El asunto es político, cultural, y ciertamente simbólico. Si habitásemos un mundo escrito en femenino, otra sería la historia. Para empezar este país no se llamaría Bolivia, pues Simón Bolívar Palacios sería más bien Simón Palacios, pero como su madre adoptaría también el apellido de la suya, sería más bien Simón Herrera. Siendo así, cómo pensaría Simón Herrera aquella frase bautismal “si de Rómulo, Roma, de Bolívar, Bolivia”. Tal vez acabábamos llamándonos Simona y entonces qué sería de la República Bolivariana de Venezuela. O si Karl Marx hiciera lo propio, se llamaría más bien Karl Hirshell siguiendo el apellido de la madre de su madre, Henrietta Pressburg Hirshell. En ese caso, el estribillo diría hirshellismo-leninismo (pues Lenin no es el nombre de Vladimir Ilich Ulianov que sería Vladimir Ilich Blank). Gabriel García Márquez sería Gabriel Iguarán (cosa que en nada cambia eso de “Gabo”, aunque sí eso de "tengo el último libro de Iguarán", qué tal). Y tal vez incluso el presidente Morales se ahorraría las críticas a su apellido español-colonial pues mínimo se llamaría simplemente Evo Mamani (por su madre, María Ayma Mamani) y nosotros ganaríamos, digamos, personalidad. Porque no es lo mismo decir "presidente Morales" que decir "presidente Mamani" ¿no ve?

Más allá de las implicaciones simbólicas de ese apellido paterno que perpetúa la prole y otorga una ciudadanía masculina, la idea es, en sentido estrictamente jurídico (¡bah!), no sólo reconocer sino valorar el lugar o, mejor, la autoridad de la madre en el sentido de autoría y lo que aquello implica. Sin embargo, como en el fondo este es un tema de derechos, supongo que, más allá (o además) de la escritura pública, bien podríamos tener el derecho a elegir el apellido que nos parezca.

viernes 14 de noviembre de 2008

Al estilacho de la mil ocho


Siento mucho (porque soy de las asesinadas por Evo Matapasiones) pero realmente ni el Presidente ni nadie a su alrededor me dan algún material que merezca buena tinta. Todo lo contrario.

Anuncia el gobierno del MAS que desde ayer, 13 de noviembre del año 2008, rige un nuevo decreto supremo, número 29788, que permite usar la célebre ley 1008 de sustancias controladas como “un instrumento que permita castigar con dureza el contrabando y la especulación de combustibles (gasolinas, diesel oil, gas licuado de petróleo - GLP y querosén) en el país”. Es decir, además de vigilar y restringir el uso del querosén con que se fabrica la cocaína, meten ahora en la misma bolsa de la sospecha al resto de combustibles de uso doméstico y también industrial, como si fuesen la misma cosa. No importa. Aquí van, como en la 1008, juntos y revueltos, sin pies ni cabeza.

Con este decreto el gobierno del compañero Evo se punza una cuchillada en el tuétano de su historia de lucha cocalera.

Porque no hace falta demasiada memoria para recordar que la batalla de Evo y el movimiento cocalero fue furibunda contra la 1008, su bandera. ¿Acaso el grito de guerra no era mentar la madre neoliberal al 21060 y a la ley 1008? Claro que sí, pero es que “todo cambia, compañera, todo cambia”.

Ajá. Pero es que no es poca cosa. No se trata sólo de un absurdo o de una simple incoherencia. Este es un gesto radical del gobierno del Evo que ciertamente va más allá de la paradoja -o la estética-. Estoy harta de ver las calles llenas de milicos como si estuviésemos en plena dictadura. Rondan por las plazas, en las calles, en los puentes, y desde ayer en gasolineras y quién sabe mañana en la tienda de la Mechy merodeando con cara de recelo. Esto se parece demasiado al período golpista con el aderezo del discurso, el tono y el aire de García Linera, Quintana y Rada. El club de la pelea.

Suelo utilizar la mil ocho como metáfora: primero te acuso y te condeno, luego te pregunto qué pasó. Como los milicos de la época banzerista ¿se acuerdan? Montados en camionetas al estilo pandillero, como perros salvajes en busca de presa, buscaban melenudos en edad de merecer. A empellones, sin preguntar ni oír, los rapaban so pretexto del servicio militar, y sólo concluido el maltrato les preguntaban si habían hecho el tal servicio o si tenían la edad suficiente.

¿Con qué criterio aplicarán ahora el nuevo decreto? ¿Y si llevo mi gasolinita de siempre, en la botella sin etiqueta de CocaCola en la maletera del auto, por las tantas veces que me quedé plantada, iré presa? ¿Y si ese es pretexto porque simplemente y con certeza les caigo mal? Pena por mi amigo Querejazu, viajero incansable que lleva su gasolina en bidón full explorer alardeando su jeep embarrado que le mete cientos de kilómetros de Amazonía a Chiquitanía y al revés. ¿Lo meterán a la cana? Con su pinta de estriper triple x ¿le creerán que es un aventurero dueño de hoteles o será más bien doblemente sospechoso?

Estamos jodidos. Evo Matapasiones.

jueves 6 de noviembre de 2008

Feliz cumpleaños Presidente





Augusto Pinochet y Evo Morales no podrían compartir ciertamente nada de nada. Salvo un par de libros.


El 26 de octubre pasado, Evo Morales Ayma cumplió 49 años. Álvaro García Linera, su vicepresidente y “maestro” -a decir del propio Evo-, un ávido lector que conserva la traza de profesor universitario (salvo la marca y el precio de sus trajes de lana de alpaca) y ostenta más de 5.000 títulos como sus únicos bienes, le regaló un nuevo libro: El arte de la guerra de Sun Tzu, un general chino que vivió alrededor del siglo V antes de Cristo y de cuyo texto se dice que es el mejor libro de estrategia de todos los tiempos. Inspiró a Napoleón, Maquiavelo, Mao Tse Tung y otros tipos importantes en las artes de la conquista.

Dicen que Juan Evo no es muy afecto a la lectura. En todo caso, con tanto despelote y la vida presidencial a cien por hora, a lo sumo tendrá los minutos suficientes para una breve reseña del maestro García Linera. Finalmente, este gobierno da la impresión de funcionar en una especie de fast food de ideología política. Simple –la complejidad hecha consigna-, directa y rápida, muy rápida.

Siendo así, me es inevitable imaginar aquella escena que cuenta el día que Augusto Pinochet, viejo, enfermo y en franca decadencia, entró en su biblioteca para mirar resignado cómo los peritos bibliográficos de la democracia hurgaban sus libros, perforando su reino, para saber no sólo quién pagó la factura -obvio- sino a cuánto ascendía el desfalco a las arcas del Estado por concepto de libros por parte del ex presidente de facto. Merodeaba el viejo Pinochet, que ayudado por un bastón había llegado hasta la biblioteca de su fundo de Los Boldos de Santo Domingo en la costa central, cuando se le ocurrió hablar. Preguntó por la lupa que pendía del cuello de Berta Inés Concha Enriquez, líder del equipo, diciéndole que él tenía varias de ésas. Se puso a buscar sin éxito, se olvidó lo que buscaba y finalmente decidió marcharse. En la retirada derramó un dato: que a los presidentes les regalan muchas cosas, de preferencia libros, y que él había sido presidente 17 años. Volteó y se fue.

Aún a pesar de la sutileza, todo indica que Pinochet fue un compulsivo comprador de libros. Es más, cuentan que el viejo general convocaba a los libreros al Palacio, que obedientes exponían para él la oferta considerada de su posible agrado y, arrinconados en silencio, esperaban que el dictador escogiese y se marchase sin haber dicho una sola palabra. La factura rezaba Presidencia de la República.

Pachoterías aparte, el asunto es que, a juzgar por los hechos, es evidente que Augusto Pinochet no sólo leyó varios libros sino que los aplicó “aumentado y corregido”.

Por sus libros los conoceréis



Entre los libros del general (que suman alrededor de 55 mil ejemplares cuyo valor aproximado es de 3 millones de dólares) ciertamente figura el que Álvaro escogió para Evo, El arte de la guerra de Sun Tzu, además de muchísimos de los que ostenta nuestro vicepresidente, desde El Príncipe de Maquiavelo, por mencionar el más conocido, pasando por biografías y hazañas de héroes de la patria, historia, teoría marxista, sociología política y las artes de la guerra en todas sus variantes.

¿Por qué Álvaro escogió este libro para el presidente Morales? Porque al Vice le “gusta muchísimo (…). Tiene mucho perfil el presidente Evo de un guerreo cuando hay que serlo, un conciliador cuando hay que acercar partes; en verdad, a este texto de Sun Tzu habría que acompañar otro que le regalé el año pasado, un texto de los tiempos de la colonia de un líder indígena articulador y sumador de fuerzas de la negociación, creo que la suma de ambos es el Presidente: el dialogador y el hombre de firmeza, tal como nos pide Gramsci que debe ser un buen gobernante”.

El Vice aplica a cabalidad la receta y se repite. En una entrevista del año 2005 con el periódico ABC de España (20/12/05) Álvaro dijo: "Los que desestabilizan gobiernos están con nosotros, pero tenemos que ofrecerles resultados... Ahora, el Estado también es fuerza. Hay que saber hacerse amar con las demandas estructurales, pero también hacerse temer con los que se pasen de la raya. Si esto sucede, tendremos la voluntad política de hacernos temer. Eso es el Estado y el que no lo comprende (así) debe dedicarse a escribir novelas".

Álvaro insiste en dos cosas. Que como aconseja Maquiavelo, inspirado por Sun Tzu, el buen gobernante debe traer bajo el brazo el pan, el circo y el garrote. La otra cosa es su desdén por la ficción. El Vice, igual que Pinochet, no sólo no tiene novelas sino que las desaira. Lo de Pinochet es obvio. Cómo podría un dictador tener utopías, cómo podría creer que los sentidos producen realidades y que la ficción, por tanto, es capaz de inventar mundos nuevos. Lo de Álvaro entonces fue penoso, hoy es sólo una ratificación de su fijación con el poder del poder.

Los libros-receta de García Linera son aquellos pilares de la doctrina militar. Será por eso que su relación con Juan Ramón Quintana, ex capitán de ejército, Ministro de la Presidencia, hieve en un mismo lenguaje. Han leído los mismos libros. Y quisieran que Evo también.

Y si los regalos son también una proyección personal, los regalos de Álvaro a Evo reiteran la obsesión vicepresidencial. Esa que mira a Evo como su objeto de estudio, su mejor alumno, su ambición hecha hombre.

Si Evo leyera, seguramente comprendería, él sí, sin mañudería ni mediación alguna, lo que dice Sun Tzu, que “la mejor victoria es vencer sin combatir” y que “ésa es la distinción entre el hombre prudente y el ignorante”.

Feliz cumpleaños Presidente.

viernes 24 de octubre de 2008

Baratija II Confieso que he robado



Por un extraño –y a ratos / y a estas alturas absurdo- sentido de la responsabilidad que cargo como niña más o menos bien de reputación más o menos mal, hace tiempo y de vez en cuando busco sin éxito la dirección de correo electrónico de Xavier Velasco para contarle que le robé algo. Y como Xavier es un tipo –supongo que a pesar suyo- arrullado en la fama del éxito literario, su nombre en internet sale inevitablemente atado a alguna propiedad editorial. De modo que escribirle de tú a tú, por lo menos hasta ahora, no me ha sido posible. Porque recurrir a alguna de las varias casillas de comentarios en cualquiera de sus textos avisándole que robé el nombre de La Maja Barata para mi blog, me hace pensar que quien lea –si es que- será algún funcionario de la editorial en cuestión que me echará un juicio encima. Sin embargo, como una vez más busqué su mail, de pronto encontré por ahí que él mismo había robado una foto del blog de Fito Páez para el suyo. ¡Uf! Alivio y decepción. No por el hurto, ni mío ni suyo, obviamente, sino porque en ese gesto delaté yo mi traición al poner en duda un principio ético de la Maja de Velasco: Ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón... y terso el corazón.

Si alguien sabe su mail, la Maja se los agradece…

martes 7 de octubre de 2008

Él lleva el nombre, ella mordió la manzana



Lamento de veras por Margarita Terán. La conocí en septiembre del 2005 en Shinaota. Y como seguramente le sucedió a Evo Morales algún día, me enamoré. Es casi inevitable. Porque Margarita combina a la perfección la sensualidad de la belleza valluna -esa de piel bronceada que se desnuda sin problema en medio del río donde desata sus trenzas, suelta su cabellera negra y se baña por presas- con la inteligencia y la fuerza dizque de la mujer cochabambina. Matriarca, matrona, mandona, madona.

Evo Morales era ya candidato presidencial y Margarita estaba enamorada. De Evo y del MAS. De hecho, ella se sentía entonces un poco dueña del “instrumento político” que antes de su fundación formal en Santa Cruz de la Sierra, se había creado allí mismo en su casa, en el Chapare. Margarita recuerda ese día con la intimidad con que habla de Evo y la diarrea que le dio después del festejo de la fundación que lo mandó a la cama, ahí mismo, en el cuartito que se sostiene apenas encima de cuatro maderas.

Para entonces, Margarita ya había sido acusada, junto con Evo, de la muerte de los esposos Andrade. Es más, Margarita enamorada me dijo que si no hubiese sido por ese juicio pendiente, ella y Evo se habrían casado. Era septiembre. Las elecciones del triunfo sucedieron tres meses después. Por lo tanto, su enamoramiento tenía poco que ver con la miel del poder presidencial. En cambio Evo estaba ya empapado del engreimiento de una potestad que entonces sólo intuía. De hecho, esa mañana me acerqué para preguntarle por Margarita. Sorprendido por la pregunta, Evo optó por una media sonrisa y en el giro de vuelta me dijo “los tiempos cambian, compañera…” y se fue.

Margarita, en cambio, esa noche se presentó como candidata a reina de belleza del festival de las flores de Shinaota, enviada a la fuerza como representante de su sindicato. Militante obediente, se bañó en el río, recogió su banda de reina, me dijo “no tengo miedo a las preguntas” y segura, segurísima, se fue.

Margarita enamorada, Margarita comprometida hasta el tuétano con el instrumento político desde sus 14 años cuando fue elegida Secretaria Ejecutiva de la Federación de Mujeres Campesinas de Centrales Unidas, estuvo siempre en primera fila, enfrentando la represión milica por la erradicación de la hoja de coca. Cientas de marchas y bloqueos. Mujeres y niños al frente, utilizados como escudos, así se fundó la Central de Mujeres. Así iniciaron las mujeres cocaleras del Chapare su participación política, cuestionando su rol doméstico aún en el ámbito político:

- “Yo les decía a los compañeros: Ustedes nos quieren a las mujeres, sólo para la cama y para la comida, para eso nomás nos quieren”.

Nada nuevo, Margarita. La historia de las mujeres en la política suele comenzar precisamente en la cama y en la cocina. Lo triste es que acabe en el lugar de los desechos. Y eso es exactamente lo que está haciendo ahora el MAS con Margarita Terán.

La miel del poder en la piel de Evo Morales, presidente, atrajo nuevas faldas. Margarita entonces fue desechada ya en la campaña hacia la Asamblea Constituyente. Margarita, en segunda línea, no fue candidata por el MAS sino que como una ficha cualquiera de la vulgaridad política fue enviada por el MAS a Sucre bajo el poncho del MBL. El distanciamiento y el maltrato fueron entonces demasiado evidentes.

Hoy Margarita está, una vez más, en el medio del fango. Y está sola. El MAS optó por negarla, como lo hizo Evo aquel día en Shinaota.

147 kilos de cocaína, dólares, joyas y un par de mitsubishis en manos de la familia Terán dejaron al gobierno tartamudo. Por si fuera poco, el hermano de Margarita es funcionario antidroga. ¿Qué? Eso mismo. Y el gobierno tartamudea no porque se sorprenda sino porque no sabe cómo zafar de un asunto que le concierne por completo. El MAS mantiene una relación promiscua con el narcotráfico y se hace al q’asa. Mujeres y niños por delante, lamento el triste e ingrato final de Margarita Terán.